Reclamo Ciudadano

Por Marisol Sánchez

En la actualidad, los seres humanos nos hemos adaptado a vivir la violencia como parte de nuestra cotidianidad. El crecimiento desenfrenado de las urbes demanda mayor número de servicios de salud, educación, vivienda, empleo y recursos naturales para sus habitantes. Los que no siempre son cubiertos satisfactoriamente, generando situaciones de violencia social, que nos afectan y disminuyen nuestra calidad de vida.
Fenómenos como el estrés, el síndrome del trabajador quemado (burn out), el fenómeno de la triple jornada laboral de la mujer, la destrucción de ecosistemas para la construcción de viviendas “dormitorios” , la falta de tiempo o recursos para el esparcimiento, el número creciente de estudiantes rechazados a nivel superior, etc.; son formas cotidianas de violencia social.
Este tipo de violencia, no tiene sólo que ver con las manifestaciones más crudas de la descomposición del tejido social: narcotráfico, secuestro, asaltos y corrupción. No, se hace presente todos los días, de manera cotidiana. Hace falta una mirada crítica a nuestra forma de vida desde todos los ámbitos de desarrollo.
Hace falta la participación de todos los actores sociales, para mejorar las condiciones de vida de las personas y disminuir la violencia social.
¿Seguirán siendo las grandes urbes la mejor opción para radicar y ejercer ciudadanía? o ¿Tendremos que repensar nuestros hábitos de consumo y modificarlos?
Las preguntas son, ¿cómo incidir en políticas públicas que mejoren la calidad de vida?, ¿Cuál será la postura que debemos tomar frente el entorno ecológico?, ¿Cuál es la importancia del esparcimiento y el descanso?

 

Sólo haciendo un proceso de reflexión que conduzca a tomar acciones alternativas y transformadoras, podremos dejar de ser víctimas de la violencia social. Se requiere otra mirada, una que sea más humana, más ecológica, más pacífica; aunque ello signifique: romper con muchos paradigmas y estilos de vida “modernos”.