Mi experiencia con el miedo

Por Josefina Martinez

girl-1098612_1920El presente texto está escrito con base en una experiencia recientemente vivida. No pretende en ningún sentido dar algún ejemplo o recomendación para nadie, simplemente en él se narra una situación desafortunada de codependencia que duró once años. Una situación de la cual parecía imposible desprenderse y, en la cual a fin de cuentas, la vida, la naturaleza, la desesperanza, la búsqueda de una solución, o todos estos elementos juntos hicieron posible romper de tajo esa situación que me acarreó tanto sufrimiento. Este trabajo pretende narrar un hecho que parecía imposible de alcanzar: separarse del dolor, y por parecer imposible, ni siquiera fue planeado, soñado y, sin pensarlo, ocurrió; demostrando que todo tiene su momento y lo que no es adecuado para cada quien, la misma naturaleza se encarga de alejarlo de nuestra vida.

Mi experiencia con el miedo inicia con un historia de pareja en la que, desde el principio era evidente que no había ni el convencimiento, ni el deseo de las partes para entablar una relación de pareja con compromiso y amor.
Salvador y yo iniciamos una relación muy singular, él apenas estaba saliendo de una separación de su esposa e hijos y no estaba seguro de querer iniciar una relación seria y comprometida. Por mi parte estaba segura que yo era la persona que él necesitaba. Estaba convencida que con mi amor, mis cuidados y todos mis recursos lograría hacerlo feliz y él nunca desearía alejarse de mí. Así empezamos a vivir juntos.

Él se mudó a mi casa pero la felicidad duró muy poco porque al mes, encontré mensajes amorosos de otra mujer de nombre Alejandra, era evidente que tenían una relación. Cuando lo cuestioné, lo negó, y preferí pensar que si me esforzaba más, él lograría olvidarla. Yo sólo necesitaba que él llegase a quererme. Sin embargo, a partir de ese hecho tenía desconfianza y las cosas no eran como cuando tuve una fe ciega en él.

Continuamos nuestra vida juntos, nunca hablamos de reglas, ni de compromisos. En la calle él era un encanto con todas las personas, sobre todo con las mujeres. En varias ocasiones le encontré cartas, mensajes telefónicos en tonos amorosos, manchas de maquillaje en la ropa. Las discusiones se fueron haciendo cada vez más fuertes y frecuentes. Al principio él insultaba, después yo también. También vinieron los empujones, las bofetadas, y así fue subiendo de tono la violencia y sus maltratos. En el fondo yo necesitaba creer lo que me decía: que no tenía ninguna otra mujer, o al menos, trataba de convencerme de que eso era verdad.

woman-1006100_1920Había noches en que Salvador no llegaba a casa. Entonces en mi desesperación le llamaba una y mil veces, él no contestaba o apagaba su celular. Entonces yo salía a buscarlo, a donde fuera y a la hora que fuera. En esos momentos no podía pensar, mi pecho y todo mi cuerpo era presa de un sentimiento o de una sensación que no podía explicar: sólo sé que era un dolor enorme, insoportable, indescriptible, mi cabeza y mi cuerpo se llenaban de ese dolor y no podía hacer más que sufrir y llorar. Cuando por fin Salvador regresaba, mi sufrimiento se calmaba pero me quedaba el miedo de pasar por lo mismo una siguiente vez. Volvió a ocurrir, sucedía así cada vez que discutíamos. Él me amenazaba con irse de la casa y efectivamente se iba. Entonces ese insoportable dolor volvía a habitar todo mi ser. Yo le llamaba, suplicaba y él aceptaba regresar. Se fue de la casa más de dos veces por mes en once años, y esas mismas veces regresó. Con cada regreso mi vida se volvió la peor pesadilla: engaños, discusiones, menosprecios, humillaciones, maltratos.

Un domingo sola porque él se había ido; sin casi poder respirar, ni saber qué hacer, llamé por teléfono a una terapeuta; quien me recibió de urgencia y a partir de entonces me dio atención y tratamiento. Por su indicación empecé a asistir a reuniones de Codependientes Anónimos, donde poco a poco me di cuenta que tenía un problema de codependencia. Al poco tiempo de asistir a CODA vi que buscaba menos a Salvador. Cuando se iba le llamaba con menor insistencia y en general, con menos frecuencia.

Aunque nuestra vida siguió igual con desacuerdos y discusiones; yo deseaba pero no podía dejarlo ir. Tenía un miedo enorme al dolor que por conocido me sumió en un sufrimiento cada día y en todo momento. Pero una noche que salió, olvidó su teléfono en casa y encontré mensajes de una mujer, los mensajes eran íntimos y no dejaban duda de que mantenían una relación sexual. Él no lo negó, sólo me dijo que “aún no eran amantes, pero tal vez después”. Me dolió lo indecible su actitud y su cinismo, pero ni siquiera entonces pude dejarlo ir y mucho menos pedirle que se fuera. Las discusiones fueron cada vez peores, sus salidas de la casa, sus humillaciones, sus burlas y mi vida se hundía cada vez más en la tristeza y en el dolor.

e56be229285497-55eb9c642a387Muchas veces estábamos juntos en casa pero sin hablarnos. Si lo hacíamos, sólo era para agredirnos. Un día, observe su cara tan triste como la mía y entendí que él tampoco era feliz. Cuando intentaba hablar con él, proponerle que pusiéramos de nuestra parte para lograr mejorar nuestra relación, la situación acababa en otra discusión; ya no era posible entablar una dialogo en paz. Todo era repetitivo, ocurrían los reclamos, las discusiones, los maltratos, él se iba de casa, yo lo llamaba, mi vida era gris, y la de él, al menos en casa, también.

Seguí mi terapia y por recomendación de mi terapeuta reinicié mi participación en reuniones de estudios budistas, mismos que había dejado cuando inicié mi relación con Salvador. Un domingo, en medio de una de las peores discusiones, él me empezó a insultar, y yo a regresarle los insultos, me empujó, y, cuando se disponía a agredirme físicamente, algo ocurrió. Algo que todavía no sé explicar coherentemente. Sólo escuché mi propia voz diciéndole que se fuera de mi casa. Sin razonarlo, sin planearlo, sin organizar ningún pensamiento, sin pensar en ninguna consecuencia lo hice. En ese momento sólo alcanzaba a sentir que no quería un grito más, un insulto más, ni un golpe más. Y volví a escuchar mi propia voz repetirle que se fuera, que tenía dos horas para sacar sus cosas. Empoderada y con un tono irreconocible en mi voz le dije- no esperes que te ruegue como lo he hecho tantas veces. Ya no quería sus engaños, sus infidelidades, sus insultos, sus golpes, y me alejé a llorar porque no podía hacer otra cosa. En los siguientes minutos me quedé sin hacer nada. Debo confesar que no lo decidí así, simplemente mi cuerpo, mi mente, mi energía y mis recursos dejaron de funcionar. Dejé de reaccionar. Algo pasó que no fui capaz de proponerme ninguna acción, y aquella persona que había sido humillada, ofendida, maltratada, ya no estaba ahí para suplicarle que no se fuera. Esa persona tantas veces disminuida en su integridad, ya no estaba presente.

Después de unas horas de llanto, hice consciencia de algo que hasta ese momento no había querido reconocer. Si sentía una gran desilusión y tristeza, pero el dolor ya no era el sufrimiento de antes, cuando no podía respirar y tampoco sentía la angustia que me hacía pensar, decir y hacer cosas para que Salvador regresará. Por primera vez experimenté una diferencia, sentía la tristeza de la separación, pero por mi mente nunca pasó la idea de echar atrás lo ocurrido. Sabía que iba a ser difícil, pero sentía que había dado un salto sin darme cuenta cómo lo había hecho. Había pasado de un lugar oscuro, enmarañado, doloroso para los dos, a un lugar donde, tal como lo había leído en el libro de la maestra budista Pema Chodron, no había nada qué hacer, no tenía nada qué decir, ni tenía ningún lugar a dónde ir. Ya no necesitaba recurrir a la estrategia que por años calmo mi sufrimiento, pero que me hundió en la dependencia. Por primera vez en muchos años no tuve prisa. No necesite llamarle a Salvador para recordarle que lo estaba esperando, ni para pedirle que llegara. No tenía temor de que pasaran las horas y él no viniera. También por primera vez sentía seguridad, la seguridad que él no regresaría y que no tenía que esperarlo.

fear-1131143_1280Los días posteriores a la separación, experimenté algo que nunca había sentido. Le escribí a mi amigo y maestro Edgar diciéndole que sentía un gran vacío; un enorme cansancio en el cuerpo, en la mente y si salía a trabajar lo hacía porque tenía que hacerlo. Todo lo que hacía, lo hacía porque mi cuerpo respondía con movimientos aprendidos a base de la repetición, no porque mi mente o mi cerebro así lo pidieran. Sin embargo, también hubo momentos en que experimenté lo que Ekchart Tolle llama Presencia Consciente. Estaba sola conmigo, en mí. Pude experimentar lo que en los textos budista se conoce como rigpa, y por primera vez en toda mi vida pude sentir la paz, la nada, no tuve ninguna intención, ninguna necesidad. Sentí que no era nada, ni nadie.
Con el paso de los días, quedo algo de dolor en mi cuerpo, cansancio y debilidad física, pero ya no existía el miedo. Ahora sé que cuando le dije a Salvador que se fuera, y me quedé sola y vacía, lo que realmente se había ido de mí era el miedo. Ese miedo que me había dado una identidad y una razón para sufrir.

Ahora entiendo que al soltar y dejar ir a Salvador, lo que solté y dejé ir fue el miedo.
Ya no era mío, ni siquiera estaba en mí; había dado un salto colosal, y ya no tenía a qué aferrarme, porque ya no había lucha, ni quien quisiera luchar.

Hoy aún puedo sentir mi tristeza, y a ratos llega algún recuerdo de Salvador, pero me siento en paz. Agradezco esta experiencia, que aunque dolorosa; también me permitió sentir esta plenitud. Agradezco a quienes nunca me soltaron de su mano y me sacaron a la superficie cuando sentí que me proyectaba hacia el fondo: RMA, Edgar, y por supuesto mi familia que siempre estuvo conmigo. Sé que este amor que ahora siento por mí, es suficiente para llenar mi vida y gracias a mi terapia, las herramientas que aprendí en el budismo y el grupo de codependientes anónimos recuperé mi dignidad. Hoy soy feliz porque sé que no voy a volver a correr tras de nadie para sentirme bien, porque al recuperarme sé que no necesito nada más.